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Mirador: Sin pausa

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Mirador: Sin pausa

(Orlando Cano Vallejo)

 

La mayoría de colombianos no está a gusto con el estado de cosas que le ocurren al país, a las puertas del TLC con Estados Unidos y camino de otros tratados o compromisos comerciales, igualmente importantes, con Canadá, Japón y la Unión Europea.

 

El Jefe del Estado le ha pedido a su gabinete ministerial que apure el ritmo de los contratos pendientes en todos los frentes de trabajo: infraestructura vial, puertos marítimos, aeropuertos, zonas francas, competitividad, comunicaciones, turismo, propiedad intelectual y política industrial.

 

Los anteriores son los ejes que harán mover o no las principales locomotoras del desarrollo social y económicos del país cuando inicie en pleno el TLC firmado con Washington.

 

Los aeropuertos regionales, naciones e internacionales, no son adecuados ni suficientes para movilizar carga y pasajeros hacia y fuera del país.

 

Obsoletos, acabados, feos, sin baños adecuados, en fin, un desastre en su mayoría. Fueron cinco años de gestiones para lograr el TLC con Estados Unidos y nada se hizo para mejorar la aeronavegación nacional.

 

Para citar los aeropuertos de Manizales, Armenia, Pereira y Santa Marta, una pena de marca mayor. Verdaderos terminales de pueblo, olvidados, sin gerencia.

 

El caos en la movilidad no está solo en Bogotá y las principales ciudades, se ve y se siente en las precarias carreteras locales y nacionales. Si  bien el invierno no da tregua, y es mucho lo que viene haciendo el Presidente Santos en su afán de mitigar los daños causados por las lluvias, lo que se ha hecho es insuficiente.

 

En cuanto a la responsabilidad social y económica del atraso en las mega obras viales, los unos y los otros se tiran la pelota. Se acusan mutuamente, pero nadie responde por el abuso cometido en tantos contratos donde se gastaron la plata, se montaron peajes, pero los viajeros y transportadores de carga por carretera siguen pagando los platos rotos.

 

La congestión en la movilidad traspasa las fronteras urbanas. Colombia no tiene autopistas suficientes para asumir el desafío de las grandes ligas del comercio global.

 

Carecemos de las herramientas indispensables para garantizar ventajas comparativas en la competencia internacional.

 

No hay presentación a tanta guachafita con los recursos del Estado, pues ya los corruptos hicieron la fiesta y se bailaron los recursos públicos.

 

Es urgente trabajar sin pausa, con firma y decisión política en la construcción de nuevos aeropuertos, zonas francas y puertos marítimos. De aduanas no sabemos nada. Necesitamos saber cómo va el famoso Túnel de la Línea entre Tolima y Quindío, del cual solo se sabe que hubo sobreinversiones. No más tiempo, señores.

 

¿Será en octubre de 2012 o de 2013 que se entregará la autopista Bogotá–Girardot? ¡Qué vergüenza haberle dado tanta largas a los mal llamados contratistas que hicieron mucho mérito para robarse la plata y burlar al país…!

 

Parece lo mismo de antes en una nación que intenta abrirse paso en la comunidad financiera internacional.

 

Somos un país de gente muy buena, pero también la hay mala. Aquí parece que ser buenas personas es un requisito de poco cumplimiento.

 

Aquí ser solidarios cuesta. Ser ambiciosos raya con la agresión. Tener más parece no reñir con pasar por alto la ética y la moral. Ser más se relaciona con querer más y ello lleva al inefable y asqueroso dinero fácil, la tentación de algunos viejos y muchachos, de desocupados y trabajadores, de mujeres y hombres, de pobres y ricos.

 

Una fortuna que no seamos todos amigos del dinero fácil, una enfermedad que nos heredó el narcotráfico, el mismo de las muertes, el vicio, el tráfico de drogas y las venganzas, el que se fortaleció con el lavado de activos.

El grueso de esta población exótica, amable, campesina, de flores y café, de pasión por el fútbol, el cine, la música, el folklor, el vallenato, el bolero, la cumbia y el bambuco… es honesta y generosa.

 

La guerrilla, por ejemplo, nos hace mucho daño, pero parece condenada a su fracaso bélico. Se desmoviliza o pierde su gran oportunidad.

 

Es tiempo de reconstruir los cimientos de un país que no la ha tenido fácil por cuenta de grupos alzados en armas, narcotráfico, paramilitares, corrupción e inseguridad.

 

Es hora de poner los ojos en la firmeza del espíritu colombiano y hacer las reformas que necesitamos para ser más equitativos. El estado de cosas que es urgente corregir no puede prosperar si queremos avanzar a la conquista de nuevos mercados, fomentar el empleo, la vivienda, la salud y la educación.

 

Si las inversiones en infraestructura no se desvían al bolsillo de los particulares, y hacemos las grandes transformaciones productivas, no solo le daremos la bienvenida al TLC con Estados Unidos, también tendremos mejores relaciones con la comunidad andina y nos aproximaremos más a destinos como el mexicano, argentino y brasilero.

 

Lo importante es reconocer la enfermedad. No podemos ocultar nuestro verdadero rostro o desconocer la realidad. No se cura quien no reconoce su mal. Si empezamos por aceptar que tenemos puntos críticos que corregir, podremos avanzar hacia el cambio que reclama con afán la sociedad.

 

Querer al país es de sentido común, pero es como amar a un hijo: se le felicita sus buenos actos, pero se le corrige cuando corresponde. No por señalar y reconocer nuestras debilidades sociales, económicas, culturales y políticas, estamos siendo malos ciudadanos, como generalmente nos tildan a los periodistas en América Latina, lanzándonos a veces el látigo de la censura.

 

¿Qué tal el mundo sin quien lo describa tal cual, a secas, como es? Ese día estaremos en las tinieblas, a merced del autoritarismo rampante de una clase política y dirigente que quisiera someternos al olvido, pero que no puede porque ya no tiene muchos seguidores.

 

Orlando Cano Vallejo

 

 

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