Erase una vez una Final

Llegaron a la final y ya había cola como en las rebajas por hacerse con cada uno de esos futbolistas que nadie conocía y que sólo perdieron con la Alemania de Berti Vogts. Un gol de Oliver Bierhoff dio por finalizada la final del antiguo Wembley y los checos hicieron las maletas. Bejbl se fue al Atlético de Madrid, Smicer y Berger al Liverpool, Poborsky, el que parecía más talentoso, se fue con Sir Alex Ferguson a Old Trafford, y Petr Kouba, el portero, al Deportivo de la Coruña. Junto a ellos también marchó un chico de 24 años y fue la Lazio de Cragnotti el más rápido en firmarlo. Era el mejor de todos y se llamaba Pavel. Un futuro Balón de Oro que hoy sería, cómo no, uno de los mejores jugadores del mundo.
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Nedved, que debutó en Serie A de la mano de Zdenek Zeman, un entrenador radicalmente opuesto a lo que Pavel terminaría significando para sus otros entrenadores y para el fútbol que pasaba de un siglo a otro, llegó a Italia como un centrocampista referente en su país. Es decir, no sólo por calidad sino porque en la liga checa, en la última de todas las temporadas del ‘4’ en el Sparta Praga, él era el crack, el más liberado, el más ofensivo y el que dejaba las jugadas individuales de mayor superioridad. Teniendo en cuenta que además de los 14 goles que enchufó, en la Euro su generación le acompañó hasta rozar la gloria, mucho sentido no tenía permanecer en una liga de un escalón inferior.

No fue hasta su segundo año, con la llegada de Sven Goran Eriksson, cuando la imagen y la mirada hacia ese pequeño panzer checo comenzó a cambiar. El sueco, al mando de algunas de las mejores plantillas de finales y principios de siglo en toda la Serie A, vio en su llegada al área la cruz en el mapa. Pero además, como le pasaría también a Capello o Lippi, su capacidad física y su destacada voluntad defensiva permitía a los armadores de equipos a toda cancha, como Sven, y día tras día, tener en Nedved una oportunidad para ganar como se entiende que debe ganarse en Italia. Nedved era el jugador perfecto para ganar ligas: era esa figura mixta que va a lo concreto, que no estableció nunca debates sobre la creatividad o el orden porque él se adaptaba a las palabras a su manera.

Nedved no era creativo pero arrancaba y desequilibraba, no era fino desde el canon pero llegaba a la medular y allí no había más solución que esperar el resultado de sus disparos. Asombrosamente ambidiestro, la diagonal de Nedved, indistinta en los puntos de partida, convirtió a la medular de sus equipos en las más completas del fútbol italiano. Todos tenían la figura de un medio de contención, algunos contaban con dos, y dos puntas contrastadísimos, pero contar con un tercer medio que era uno más en banda y también arriba era un lujo para transitar, para pasar de un estado a otro. Su golpeo de balón, que podía mover y engatillar balones medicinales con las dos piernas y sin levantar la cabeza, comenzaba a valer mucho dinero.
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Habiendo vivido la era dorada de la Lazio, donde lo ganó todo salvo la Champions, eliminado por el Valencia de Rafa Benítez, Nedved descolgó el teléfono y cogió la llamada. Los Agnelli habían perdido a Zidane y ganado mucho dinero, firmando de una vez a Gianluigi Buffon, Lilian Thuram, el propio Pavel Nedved y Marcelo Salas. La columna vertebral estaba formada y si bien tocaba vérselas con la gestación de un Milan memorable, Marcello Lippi armó un equipo preparado para asumir favoritismos. En ese equilibrio tan juventino, el que procura que entre tanta calidad no sobresalga nadie especialmente, Nedved volvía a ser un caramelo para dicha cultura, la que manejaba también un Lippi siempre fiel.