Grada de protesta

Twitter de la agrupación Iñigo Cabacas Herri Harmaila
Comunicado oficial del Athletic Club
Hace tiempo que las aguas bajan revueltas en la grada norte de San Mamés. Hace tiempo que el desencuentro entre club y aficionados del sector 110, el colectivo de animación agrupado como Iñigo Cabacas Herri Harmaila, es palpable y manifiesto. De un lado, las reivindicaciones del graderío, algunas de ellas comprensibles y otras absolutamente extemporáneas. Del opuesto, las limitaciones que el club debe cumplir por imperativo contractual o normativo y que se ve obligado a imponer a sus socios y aficionados que acudan al estadio.
Cuando antepones una serie de condicionantes a la animación a tu equipo, es que hay otras cosas que te interesan más que animar a tu equipo. Y últimamente, el fenómeno de la grada reivindicativa de derechos se está dando con demasiada asiduidad en campos de toda España. Reclamar derechos es la consecuencia lógica de negarlos por sistema y sin mayor explicación. Está muy bien pedir justicia y reclamar lo que se considere oportuno, pero siempre se ha de tener presente por dónde se mueve cada uno. Parece que hay quien olvida que si forma parte de una de esas llamadas ‘gradas de animación’, con los beneficios y ventajas que ello supone en muchos casos (no son pocos los clubes que incentivan las gradas de animación con bonificaciones en las cuotas, por ejemplo), es precisamente para animar al equipo y generar ambiente, no para intoxicarlo y supeditar esa animación a sus cuitas personales y a empresas de toda índole ajenas al equipo. ‘Castigar’ al club privando a los jugadores del habitual empuje de la grada es una maniobra egoísta y tras la que subyace un principio evidente: primero la grada y sus intereses, después, el equipo. Ocurrió ayer en Bilbao y ocurrió también ayer en León, donde los hinchas del fondo sur del Reino de León decidieron entrar al partido ante el Valladolid en el minuto veinte, en señal de protesta por no haberse permitido la introducción de banderines con asta en el estadio leonés. Si el equipo te importa, no te marchas de tu localidad ‘en señal de protesta’, del mismo modo que no abandonas el estadio en el minuto ochenta para no coger cola en el metro de camino a casa. Lo tratarán de argumentar como una defensa de su dignidad como grupo de animación. O quizá traten de subsumir sus pretensiones en ese cajón desastre en el que se ha convertido el cada vez más difuso (por amplio) concepto de ‘libertad de expresión’. Puede que tengan razón en ciertas de sus pretensiones, pero la pierden marchándose del campo.
Comprar Camisetas de Futbol Baratas Para Hombre, Mujer y Niños de todos los clubs y Selecciones Nacionales

Ocurre, además, que cuando uno endurece las normas suele recibir como respuesta de aquellos que sufren la imposición una actitud más beligerante aún. Ser más estricto en la aplicación de la normativa no siempre tiene resultados positivos. Y ocurre que las estrambóticas imposiciones de la LFP entienden muy poco de mano izquierda y de gestión consensuada de conflictos, por lo que la reacción de los ‘fondos’ es previsible, aunque no justificada. Yo también estoy cansado de la adopción de medidas absurdas y fuera de lugar en relación con las pancartas y emblemas de los grupos de animación, especialmente cuando el rasero es distinto dependiendo del caso que se trate. Casos hay para cansarnos. Vería absurdo, por ejemplo, que se prohibiese ondear banderas por interferir en un determinado tiro de cámara, como parece insinuarse desde la ICHH que ocurrió ayer en San Mamés. No hay que olvidar que tanto la gente como sus banderas estaban en la grada desde mucho tiempo antes que las caprichosas cámaras de televisión. También entiendo que todas esas medidas proceden de una torpeza inaudita a la hora de interpretar la normativa. Pero no alcanzo a comprender que la reacción ante lo que podría ser considerado una imposición injusta sea precisamente la de dejar de animar al equipo.
Encuentra las botas de futbol que mas se adapte a tus características
Puede que esta opinión resulte impopular, especialmente a ojos de los aficionados más jóvenes. Pero he chupado mucha grada y, cuando tocaba, he chupado mucho fondo. Sé lo que hay, no hablo desde la distancia y la comodidad de un palco privado con el gintonic en la mano, ni desde el sillón del despacho del dirigente que no sabe o no entiende cómo funciona y cómo se gestiona lo que antes llamábamos ‘un fondo’ y ahora recibe, como tratando de blanquearlo, el aséptico nombre de ‘grada de animación’. Y sé que hay, como los ha habido siempre, muchos comportamientos y actitudes que distan mucho de ser las que uno espera que se observen dentro de un recinto deportivo. Tengo la sensación de que nunca como hasta ahora ha hecho falta tanta parafernalia para animar a un equipo de fútbol. De que importan más las banderas, emblemas y proclamas del grupo o peña de turno que los colores del equipo que, eso queremos creer, los convoca. Distinguirse incluso por encima del propio club que te procura cobijo y que es tu razón de ser. Animar a tu equipo no te da derecho a exigir nada extraordinario, porque animar es una cuestión meramente voluntaria: si quieres animas y si no, te quedas callado. Solo así puede entenderse semejante cerrazón a la hora de aceptar las normas. Solo así se comprende catalogar el acatamiento de la normativa o de los requisitos impuestos por las plataformas de televisión o por el organizador del campeonato como ‘represión’. Haz lo que estimes oportuno para protestar si no estás de acuerdo. Manifiéstate, emite un comunicado, plantea una moción de censura, incluso. Pero nunca, nunca, dejes tirado al equipo. Estarás ayudando a que el fútbol se convierta en eso que ninguno deseamos.