La condición física, pilar base del arbitraje

Constituirse como un buen árbitro de baloncesto supone un objetivo cuyas vastas pretensiones obliga a trabajar de forma sistemática e individualizada, entendiendo dicho trabajo como el desarrollo de una serie de aptitudes que comprende desde aquellas de carácter general impuestas por las exigencias propias del juego hasta las estrictamente personales relacionadas con la naturaleza del árbitro como ser humano.

Con referencia a las primeras conviene comenzar teniendo en cuenta que el Baloncesto como juego se caracteriza por la continua evolución de sus reglas, lo cual le proporciona una mayor movilidad, velocidad y espectáculo. Este carácter dinámico obliga igualmente a la continua renovación de TODOS sus protagonistas a quienes se les requieren exigencias cada vez mayores o acordes con el interés y la popularidad que va suscitando el juego.
Entre estos protagonistas hay que mencionar una figura conocida por la mayoría pero cuya labor es admitida por una minoría. Este personaje representa la imagen de alguien considerado poco común debido al carácter tan especial de su misión, razones suficientes como para que esta persona conocida como EL ÁRBITRO ponga el máximo empeño en su trabajo, buscando constantemente una mejora cualitativa en su preparación, consciente de la trascendencia de su labor en el desarrollo del juego.
Dicha preparación ha de realizarse de forma inexcusable, desarrollando en distinto grado, según las necesidades individuales, los cuatro pilares fundamentales mediante un proceso planificado y especializado que conduzca a la consecución de los objetivos planteados. Entre todos ellos es la condición física el primer aspecto a desarrollar si se pretende llevar a cabo un trabajo eficaz. Su importancia es notable dado que su carencia o deficiencia repercuten de forma negativa en el desarrollo de los tres pilares restantes (conocimiento técnico, conocimiento táctico y condición mental).

Reflejo de la importancia a la que se hace alusión es una famosa frase que conviene recordar: “Para tomar buenas decisiones hay que adoptar buenas posiciones”. A ella cabría añadirle una segunda: “Para adoptar buenas posiciones conviene tener buenas condiciones”
Fotografía: Creative Commons en Flick
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